Más de cuatrocientas pequeñas empresas de Chinatown, El Pueblo y Lincoln Heights aseguran respaldar el proyecto.
El proyecto que prometía llevar a los aficionados de los Dodgers “por los aires” acaba de recibir un golpe político serio. El Ayuntamiento de Los Ángeles aprobó por amplia mayoría una resolución para pedir a la Autoridad Metropolitana de Transporte (Metro) que abandone la idea de construir una góndola entre Union Station y el Dodger Stadium. El mensaje fue claro: no todos están convencidos de que este viaje panorámico sea más que una distracción costosa.
La propuesta imaginaba un teleférico de quinientos millones de dólares que recorrería poco más de un kilómetro, permitiendo a miles de fanáticos evitar el legendario embotellamiento que rodea al estadio. Sus defensores lo presentan como una solución ecológica, eficiente y financiada con capital privado. Prometen un trayecto de cinco minutos, la capacidad de mover a cinco mil personas por hora y cero impacto en los bolsillos de los contribuyentes.
Pero los escépticos no ven magia, ven humo. Grupos comunitarios y funcionarios advierten que no existe un plan financiero completo y que, en última instancia, los costos podrían recaer en los contribuyentes. El teleférico también dejaría su huella física: torres enormes, cables cruzando sobre barrios de bajos ingresos y más de ciento cincuenta árboles talados. Además, temen que la construcción convierta la zona en un caos vial durante años.
La oposición más frontal vino de la concejal Eunisses Hernández, autora de la resolución. Para ella, el teleférico no es transporte público, sino un proyecto privado disfrazado que beneficiaría sobre todo al expropietario de los Dodgers, Frank McCourt, cuyo nombre está detrás de la empresa que impulsó la idea desde 2018. Hernández sostiene que elevaría el valor de los estacionamientos de un multimillonario, mientras pone en riesgo la calidad de vida de los residentes locales.
Sin embargo, el rechazo no es unánime. En Chinatown, algunos vecinos ven en el teleférico una oportunidad económica rara en tiempos difíciles. Un grupo de familias señaló que podría atraer inversión, apoyar negocios de inmigrantes, generar empleos locales y hasta financiar programas de preservación cultural. Más de cuatrocientas pequeñas empresas de Chinatown, El Pueblo y Lincoln Heights aseguran respaldar el proyecto.
El debate expone las contradicciones clásicas de Los Ángeles: una ciudad que busca alternativas al automóvil, pero donde la red de transporte público aún no logra conectar a la mayoría de sus habitantes. Convencer al público de dejar el auto sigue siendo el verdadero desafío, y no está claro que un teleférico pueda lograrlo.
El proyecto debe recibir un voto final del Ayuntamiento el próximo año. Pero el choque de esta semana deja ver que, antes de elevarse sobre la ciudad, la góndola enfrenta su primera y más ardua cuesta política aquí en tierra firme.



