América Latina ha vivido en los últimos años una oleada política que muchos analistas están describiendo como un movimiento hacia la derecha o conservadurismo reforzado en múltiples países, una tendencia que está llamando la atención no solo en la región, sino también en Estados Unidos, donde millones de latinos observan de cerca cómo estas dinámicas pueden influir en políticas migratorias, económicas y de seguridad.
En menos de un año, votantes en Ecuador, Bolivia, Honduras, Chile y más recientemente en Costa Rica eligieron a líderes con orientación política conservadora o de derecha, impulsados en gran medida por preocupaciones sobre el crimen, la economía y la seguridad pública, así como por descontento con los gobiernos tradicionales o de izquierda que predominaron la década anterior.
La elección de Laura Fernández como presidenta de Costa Rica en febrero de 2026 enfatiza esta tendencia regional, marcando otro punto de consolidación cuando los votantes priorizaron mensajes de mano dura contra la inseguridad y cambios económicos estructurales, algo que resuena entre sectores de la población cansados de estancamiento y violencia. En Chile, la victoria de José Antonio Kast, candidato de un partido conservador, representa un giro marcado en un país que durante décadas estuvo dominado por políticas más progresistas, reflejando una reconfiguración ideológica muy significativa en el Cono Sur.
Este giro hacia la derecha no se limita solo a victorias recientes, sino que se proyecta hacia elecciones importantes programadas para este año (2026) en naciones como Colombia, Brasil y Perú, donde candidatos con plataformas conservadoras o de seguridad están ganando terreno en las encuestas y atrayendo a votantes preocupados por la violencia, la corrupción y la economía. Por ejemplo, en Colombia el abogado y empresario Abelardo De La Espriella, identificado con políticas firmes en seguridad y alianzas más estrechas con Estados Unidos, se perfila como un contendiente fuerte ante el electorado que rechaza la agenda de izquierda del actual gobierno.
Este movimiento político en la región tiene implicaciones muy concretas para los latinos en Estados Unidos. Primero, muchos de los gobiernos de derecha han expresado interés en cooperación más estrecha con Washington en materia de seguridad fronteriza, combate al narcotráfico y crecimiento económico, áreas que afectan directamente la agenda migratoria y comercial de EE.UU. hacia sus vecinos. Segundo, líderes conservadores suelen enfatizar políticas más estrictas ante el crimen organizado y la inmigración irregular, temas que están en el centro del debate político estadounidense y que, para la comunidad latina, representan el equilibrio entre seguridad y derechos humanos. Además, esta ola también puede influir en cómo los candidatos presidenciales en EE.UU. articulan sus estrategias hacia América Latina, un factor a considerar de cara a las elecciones de mitad de década.
🇵🇪‼️ | ATENCIÓN — En Polymarket, el mercado sobre las presidenciales de Perú del 12 de abril de 2026 sitúa al conservador y exalcalde de Lima Rafael López Aliaga como favorito con 46% de probabilidad, muy por delante de Alfonso López Chau (19%) y Keiko Fujimori (15%). La… pic.twitter.com/Izazu5kiFJ
— UHN Plus (@UHN_Plus) February 17, 2026
La percepción de un cambio ideológico profundo también está ligada a la fatiga de gobiernos tradicionales después de años de crisis económicas, corrupción y desafíos sociales que muchos sienten no fueron resueltos por administraciones anteriores. Esta combinación de factores ha permitido que figuras políticas consideradas “outsiders” o fuera del establishment tradicional se conviertan en opciones atractivas para amplios sectores de la población.
El significado de este giro a la derecha no es uniforme: Estados como México y Brasil todavía cuentan con gobierno de izquierda o centros políticos fuertes, lo que subraya que la región no es monolítica y que las preferencias electorales siguen siendo diversas. Sin embargo, la tendencia general indica que varios países latinoamericanos están optando por mensajes de mano dura, reformas económicas y seguridad como prioridad principal, algo que repercute de forma directa en la comunidad latina de Estados Unidos, que observa estos movimientos no sólo por razones culturales sino también por las implicaciones que tienen en migración, comercio e incluso en alianzas estratégicas con Washington.



