Aunque no se han registrado protestas masivas, el temor a represalias y a una posible escalada de violencia sigue latente.
Venezuela atraviesa una etapa de tensa calma luego de la captura de Nicolás Maduro por parte de autoridades estadounidenses, un hecho que ha alterado la rutina diaria de millones de ciudadanos y ha reconfigurado el tablero político regional. En ciudades como Caracas, Maracaibo y Barquisimeto, las calles permanecen más silenciosas de lo habitual, con comercios operando de forma intermitente y un fuerte despliegue de fuerzas de seguridad, según reportes de Reuters y NBC News.
Residentes entrevistados describen un ambiente marcado por la cautela. Muchos evitan concentraciones públicas, reducen sus desplazamientos y priorizan abastecerse de alimentos y combustible ante la incertidumbre. Aunque no se han registrado protestas masivas, el temor a represalias y a una posible escalada de violencia sigue latente, especialmente en zonas donde operan colectivos armados leales al antiguo régimen. Esta calma no responde a estabilidad, sino a una espera tensa ante decisiones que aún no se anuncian con claridad.
Desde Washington, el mensaje oficial ha sido que la operación contra Maduro no responde a un giro ideológico, sino a la aplicación de la ley. El gobierno de Estados Unidos ha reiterado que los cargos contra el exmandatario, vinculados al narcotráfico y a redes criminales transnacionales, llevan años activos en tribunales federales. Funcionarios estadounidenses han subrayado que el objetivo inmediato es evitar el colapso institucional, contener la violencia y sentar las bases para una transición ordenada, de acuerdo con declaraciones recogidas por Reuters.
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En Venezuela, la vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido funciones ejecutivas, mientras el aparato de seguridad intenta proyectar control. Sin embargo, analistas advierten que el verdadero reto será restablecer la confianza de una población golpeada por años de crisis económica, migración masiva y represión política. Para muchos ciudadanos, la ausencia de Maduro representa una oportunidad inédita, aunque todavía frágil.
En el plano internacional, la situación es observada con atención por gobiernos de la región y por la comunidad latina en Estados Unidos, donde la crisis venezolana ha tenido un impacto directo en los flujos migratorios. La combinación de prudencia en las calles y expectativa política define este momento: una calma aparente que esconde un país a la espera de señales claras sobre su futuro inmediato.



